Durante el proceso de ser psicólogo, estudias muchos temas, analizas libros, teorías y todo esto con el objetivo de tener una perspectiva de cómo funciona el mundo mental, el comportamiento y las relaciones sociales. Es normal que durante la vida nos hagamos preguntas sobre el origen de las cosas que nos suceden, y desde el enfoque cognitivo se piensa que la mente siempre busca una explicación de todo lo que nos ocurre.
Un ejemplo de esto fue una conversación que tuve con un docente de psicoanálisis, le hice preguntas sobre el comportamiento de las personas, algunas las respondió y en otras simplemente me dijo “hay cosas que no tienen explicación y para vivir tranquilo es mejor no pensar en eso”.
Vivir sin respuestas es una situación que puede ser devastadora, confusa y deprimente, sobre todo ante preguntas que pueden cuestionarnos nuestra propia existencia; ¿qué hago aquí en este mundo? ¿Cuál es el sentido de nuestras vidas?
Y es cuando aparece esa sensación de estar perdido, el abatimiento se apodera de cada célula de nuestro cuerpo, comienzan unos pensamientos extraños a rondar nuestra mente, con cada exhalación se escapa la energía de nuestra alma y perdemos el entusiasmo por los acontecimientos del diario vivir. La desesperanza es un estado que según la corriente de la psicología humanista sumerge al individuo en una melancolía, tragedia y pesimismo por el futuro.
Con relación a la desesperanza, el célebre psiquiatra Viktor Frankl, el cual fundó la logoterapia, la cual consiste en sanarnos mediante la búsqueda del sentido de nuestras vidas, escribió un libro que fue uno de los más vendidos, llamado “El hombre en busca de sentido”.
Publicado en 1946, este maravilloso libro relata lo que vivió el autor en los campos de concentración de los nazis, el horror de la guerra y cómo se sobre puso a la adversidad después de perder a miembros de su familia.
Entre otras atrocidades de la guerra, durante la lectura, el autor va narrando su vivencia dentro del campo, y cuenta que algunos prisioneros al perder la esperanza sobre su situación se desmejoraban físicamente más rápido, en comparación con aquellos que seguían esperanzados en que todo iba a terminar, llegando a tal punto que no veían otra salida a su desesperanza y se lanzaban a cercas eléctricas para morir electrocutados o por disparos en la cabeza por parte de los guardias,
La esperanza es un elemento poderoso, es la luz que alumbra el valle de las tinieblas que recorremos cuando sentimos que perdemos el sentido, sin embargo, el autor especifica que la esperanza ciega e irracional es peligrosa, especialmente cuando esa esperanza nos mantiene en lugares o al lado de personas perjudiciales para nosotros y también cuando nos quita la responsabilidad de tomar acción sobre las cosas, un ejemplo de esto último, tener la esperanza de que por mandato de Dios nos vamos a ganar el chance o el baloto y solo así nuestra vida va a cambiar.
Tener esa idea de que las cosas van a mejorar de la noche a la mañana sin hacer un solo esfuerzo, eso para el autor es una esperanza peligrosa y hace mal para quien la tiene, porque le quita el poder de elegir y trabajar por si mismo.
En una clase de psicología en la salud, una docente pregunto: “¿Cómo se puede evitar un suicidio?”, creo que nadie le atinó a la respuesta, y la profesora dijo –“denle un motivo para tener esperanza”.
La esperanza no se trata de ser un optimista irracional o alguien que no acepta a realidad, se trata de no sucumbir ante los estragos y el caos del mundo, tener esa energía interna de sobre ponerlos a la adversidad y sobre todo sentir ese poder de elegir continuar.
Al contrario de quedarse tirado en el piso, la esperanza es una nuestra de amor propio, te lleva a fortalecerte, mejorarte, llevarte a donde quieres ir, es la mochila cargada de responsabilidad contigo mismo que te acompaña en la aventura que es la vida, como diría Nietzsche: “Aquel cuya vida tiene un porqué, puede soportar casi cualquier cómo”.
Date una esperanza real para continuar y mejora tu vida, por amor a ti, porque te lo mereces.

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