Desde el surgimiento de la humanidad, nos han acompañado tres actividades fundamentales: la política, la religión y la prostitución (placer). A lo largo de los tiempos, el ser humano ha debatido incesantemente sobre estos temas, dado que, de alguna manera, influyen en las estructuras de las sociedades.
La política y la religión cumplen un papel de control, dando orden a la sociedad; por otra parte, la prostitución, desde la antigua Roma, encierra todas las actividades que le dan placer al ser humano. En estas, se incluyen las fiestas, los banquetes y las orgías, en las cuales hombres y mujeres participaban, buscando un equilibrio entre control y placer. Esto queda evidenciado por Rubén Montalbán en su artículo “El oficio más antiguo del mundo”: Prostitución y explotación sexual en la antigua Roma (2017). No solamente era una actividad ejercida por mujeres, ya que, en esa época, era común que los hombres también se prostituyeran.
La Biblia y la Dualidad del Placer: Entre la Perdición y la Licitud
El placer ha estado inmerso en la naturaleza humana desde tiempos inmemoriales. Por ello, la Biblia hace referencia al placer como un camino que lleva a la perdición. Una de las mayores fuentes de placer se encuentra en el sexo y en las cosas prohibidas. No obstante, como dice la Biblia en Corintios 10:23-33, “todo me es lícito, pero no todo edifica”.
La infidelidad siempre ha estado de la mano con el placer, el sexo y la censura. Aunque creemos que es un mal de la época moderna, desde la mitología griega, que se remonta a más de 2 mil años, ya se hablaba de infidelidad. Zeus, el rey del Olimpo, también era el rey de la infidelidad, llegando a tener 9 amantes. En la Biblia, personajes como el rey David, Sansón y Dalila, y José con la esposa de Potifar, cometieron adulterio, evidenciando que la infidelidad también existía en los tiempos de Jesús Cristo. Llama la atención que siempre se castigaba con rigor y crueldad a la mujer.
El Cacho y su Cultura: Estigma y Creencias Populares
En nuestra cultura, influenciada por la religión, la infidelidad es un acto repudiable y castigado socialmente. Uno de esos castigos es el famoso “bembeo”, que consiste en el señalamiento de todas las personas que conocen lo sucedido. Existen creencias populares sobre las infidelidades. Algunos dicen que el “cacho” del hombre casi no se nota, como plasmado en una canción de Diomedes. Sin embargo, la infidelidad no es algo que solo se presente en hombres, y por lo tanto, no hay que normalizarlo. Se presenta en ambos sexos, como lo describe Oriana Figueroa Valdebenito en su estudio “¿Por qué Somos Infieles? Aplicación Inicial de una Escala para Estimar las Razones por las que Hombres y Mujeres son Infieles”.
Además, Figueroa explica que los hombres en su mayoría son infieles por deseo sexual, mientras que las mujeres lo son por la búsqueda de emociones, seguridad y estabilidad socioeconómica. Ambos tienen motivos diferentes, pero ambos tienen la capacidad de ser infieles. También se dice que el “cacho” del toro duele (el del hombre), pero el de la vaca arde (el de la mujer). Esta frase puede parecer ofensiva, ya que afirma que hay una infidelidad más dolorosa que otra, dependiendo del género. Sin embargo, es hiriente en ambos casos. Para añadir, hay una creencia de que el que es infiel disfruta más y sufre menos. Pero al final, no se puede disfrutar de algo que traerá consecuencias tanto para el infiel como para la pareja.
El Cacho y sus Consecuencias: Reflexiones desde la Psicología
La traición es uno de los principales causantes de malestar emocional en las personas que tienen una relación de pareja. El dolor al conocer que te engañaron es indescriptible, y comúnmente surgen ideas que pueden afectar la autoestima de aquella persona que sufrió la infidelidad. Estas ideas nos hacen sentir que no somos suficientes para nuestra pareja, que tenemos problemas con nuestro físico, con nuestra posición social y que no somos merecedores de amor. Con el tiempo, estas ideas pueden traer alteraciones del estado de ánimo y otras afectaciones físicas.
Se habla poco de la culpa que puede experimentar la persona que comete el error de ser infiel. Muchos decidimos juzgarlos y maltratarlos, olvidando que somos humanos y que nuestra naturaleza es imperfecta y pecadora. Por eso, Jesús Cristo quiso vivir como hombre para poder entendernos. No hay una justificación para la infidelidad, tampoco hay evidencia científica que pueda decir con certeza por qué somos infieles. Lo cierto es que depende de muchos factores y es complejo. Al final, es algo que, lamentablemente, nos tocará vivir en algún momento.
Como psicólogo, me he dado cuenta de que las rupturas amorosas son una fuente importante del sufrimiento de la humanidad. La infidelidad puede abrir heridas del pasado, traer recuerdos amargos de la infancia y manifestarse en comportamientos tóxicos. Afirmo que tanto el infiel como su expareja sufren el dolor, la culpa y, sobre todo, el autocastigo. Como en la guerra, ambos bandos pierden.
Creo que la mejor forma de asumir el hecho es aceptando desde un principio que la infidelidad puede pasar, asumiendo una actitud de resiliencia. Si decimos que eso fue lo peor que nos sucedió en la vida, tomará más tiempo superarlo. Mientras que al ser conscientes de que eso iba a pasar y aceptamos el dolor, nos perdonamos a nosotros mismos y miramos esto como algo que le puede pasar a otra persona, sentiremos el poder y el control de nuestra situación. Aprenderemos de lo que pasó, perdonaremos y seguiremos con nuestra vida. El papel de víctima empeora nuestra dolorosa situación. Es mejor empoderarse, cultivar el amor propio y sanar, no forzarnos a estar bien, al contrario, darle tiempo al tiempo.
















