Por: José Meneses.
La navidad de 1999 en el corregimiento El Salado, perteneciente al municipio de El Carmen de Bolívar, se oscureció luego de que un helicóptero comenzara a arrojar panfletos con un mensaje bastante atemorizador: “coman las gallinas y carneros, y gocen todo lo que puedan este año, porque no van a disfrutar más”.
Con miedo a lo que fuera a ocurrir, algunos de sus habitantes abandonaron el lugar, mientras que otros decidieron quedarse, con la mentalidad de que el que nada debe, nada teme. Pero lastimosamente, así no funcionan las cosas en este país.
El 16 de febrero del año 2000, llegaron a este lugar 450 paramilitares en busca de guerrilleros que se habían asentado en esta zona. Mientras un helicóptero bombardeaba al pueblo sin cesar, estos paramilitares iban puerta a puerta sacando de sus casas a los presuntos guerrilleros para luego reunirlos en la plaza junto a la iglesia.
Justo allí, en este lugar y como si se tratara de un juego por medio de sorteos y acusaciones, los saladeros tuvieron que presenciar cómo torturaban y asesinaban a sus amigos, vecinos o familiares. Y cómo, luego de todo esto, celebraban al son de los tambores y gaitas que habían sacado de la casa cultural del pueblo.

Fueron 3 días y 2 noches de horror que se vivieron en El Salado, donde la gente tenía que darle en silencio santa sepultura a las víctimas de esta masacre con miedo a no correr el mismo destino, mientras que los perpetradores se emborrachaban y celebraban en el centro del caserío.
Fue solo cuando los paramilitares se retiraron que El Salado pudo llorar a sus muertos. Y, convenientemente, tan solo una hora después de la retirada de los autores de este acto terrorífico, la Infantería de Marina llegó al lugar de los hechos.
Esta masacre ocasionó que alrededor de 4.000 personas abandonaran El Salado. Según la Fiscalía General, se estima que el número de víctimas fue de 67 personas.
Al día de hoy, han pasado 25 años y los 5.000 habitantes que hoy tiene esta población libran dos batallas: olvidar los dolores de una guerra ajena que los alcanzó y el dolor de ser olvidados por un Estado que nunca llegó para defenderlos.
















