En San José de Uré, un pequeño municipio al sur de Córdoba, la etnoeducación ha surgido como una protección en la lucha contra la guerra, el racismo y la pérdida de identidad. Este enfoque educativo, que se adapta a las tradiciones y modos de vida de las comunidades afro e indígenas, se ha convertido en una herramienta para preservar la cultura y fomentar el desarrollo comunitario.
María Yovadis Londoño, conocida como ‘la seño Yovadis’, ha dedicado su vida a enseñar a los jóvenes de su comunidad sobre sus raíces y cultura afrocolombiana. Tras ver a muchos de sus alumnos ser reclutados por grupos armados o caer víctimas de la violencia, Londoño decidió que era necesario un cambio.
“El niño afro que aprende sobre sus danzas africanas, sus músicas, la espiritualidad, es un potencial líder en el futuro que guiará a la comunidad hacia sus luchas, porque las entiende y sabe lo que como pueblo hemos pasado, y que nos pone a soñar”, afirma.

En San José de Uré, los 1.300 estudiantes que asisten a la escuela del municipio deben cursar y aprobar la cátedra de estudios afrocolombianos, que les enseña desde las danzas africanas practicadas hace siglos hasta pautas para reafirmar su identidad afro. Además, existe un museo afro en el que se narra la historia del pueblo y las luchas que han emprendido para alcanzar justicia e inclusión.
La etnoeducación en este municipio no es solo un par de horas de clase a la semana; es un esfuerzo integral para conectar todo lo que los estudiantes aprenden con su herencia africana.
“Si ven educación física, les enseñamos las danzas negras. Si son ciencias sociales, aprenden la historia de cómo algunas personas negras han llegado a altos lugares y el camino que han recorrido. Para aprobar lenguas, los ponemos a leer literatura escrita por afros”, explica Londoño.
Esta integración de la cultura en cada aspecto del aprendizaje busca fortalecer la identidad de los jóvenes y empoderarlos para liderar sus comunidades en el futuro.
Sin embargo, la etnoeducación no ha sido un camino fácil. A pesar de su importancia, la implementación ha enfrentado numerosas barreras. Tanto la Corte Constitucional como los etnoeducadores han señalado las dificultades que enfrentan para garantizar una educación verdaderamente inclusiva para los niños indígenas y afro. Por ejemplo, la Ley General de Educación de 1994 no consideró inicialmente las necesidades específicas de estos grupos, y aunque se han hecho enmiendas, la aplicación de estas normas sigue siendo limitada.

Fabio García, un profesor dedicado a la etnoeducación, resalta que este proceso es importante para combatir el racismo y promover el desarrollo comunitario. “Desde la Conquista y los procesos de esclavización, los grupos étnicos fueron obligados a abandonar sus costumbres. La etnoeducación es la vía para que eso no suceda y exista una identidad y una cultura que no se vaya a borrar en el futuro”, señala.
A pesar de estos desafíos, la etnoeducación ha logrado avances significativos. Según cifras de la Defensoría, más de 10.000 etnoeducadores han denunciado que sus derechos y cátedras fueron vulnerados en 2023, pero continúan luchando por un sistema educativo que respete y valore la diversidad cultural de Colombia.
“En esa época de los 90 los niños preferían ir a raspar coca y no le veían sentido estudiar. Hoy tenemos tres o cuatro generaciones de estudiantes que no les apena ser negros y que, con el estudio y nuestras enseñanzas, fortalecen esa identidad de Uré que alguna vez estuvo en riesgo”, concluye María Yovadis.
















