La tristeza cubre a la comunidad de Nueva Estación, en el municipio de Buenavista, donde varias familias fueron desalojadas de los terrenos que habían convertido en su hogar. Aunque los predios son de propiedad privada y fueron invadidos, para quienes allí vivían representaban el fruto de años de esfuerzo, sacrificio y sueños compartidos.
El panorama es desolador. Algunas casas de ladrillo, levantadas poco a poco con el sudor de los jornales, hoy yacen en ruinas. Las viviendas de madera y láminas de zinc, improvisadas pero llenas de vida, se encuentran partidas en silencio, como si lloraran junto a las familias que lo han perdido todo.
Niños que se aferran a sus cuadernos, madres que intentan rescatar lo poco que pueden cargar y padres que miran impotentes cómo se derrumba no solo una vivienda, sino también los recuerdos de toda una vida, son ahora el reflejo de una tragedia que cala hondo en el corazón de esta comunidad.
“Todo esto lo levantamos con nuestras manos, sin dañar a nadie, pensando en darles un futuro a nuestros hijos”, relató entre lágrimas una mujer que sostenía un pedazo de tabla arrancado de lo que alguna vez fue su cocina.
En esas calles de tierra crecieron historias humildes pero llenas de sentido: cumpleaños celebrados bajo techos de zinc, primeras comuniones en salones improvisados, juegos de infancia alrededor de fogones de leña y la certeza de que, pese a la pobreza, allí había un lugar llamado hogar.
Hoy, en cambio, las pertenencias se amontonan a la intemperie mientras el llanto de quienes no saben a dónde ir se mezcla con el silencio pesado que dejó el desalojo. Nueva Estación, que alguna vez fue símbolo de esperanza y unión, se despide como un sueño interrumpido, dejado a la deriva junto a las casas que ya no están en pie.
















